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BY SITE OWNER | ENE 07TH, 2019 | IN BLOG | VIEWS (11)

Parece que con este buen tiempo el verano ya está llamando a la puerta, y es que en realidad no queda tanto para que los peques acaben el colegio y empecemos a pensar en las vacaciones, en ese campus de baloncesto al que quería apuntarse desde hace tiempo, o buscar plaza en el campamento de inglés.

E ir pensando en todo lo que el verano nos trae ha hecho que llegase a mi memoria una anécdota de mi etapa de la niñez en la que cada verano repetía en ese campamento scout del que volvía siempre un poco más quemada y con menos ropa de la que viajaba en mi mochila tras salir de casa.

Esos campamentos eran divertidos, el estar lejos de casa parecía hacernos más valientes a la hora de trepar por rocas o mancharnos hasta que no quedase ni un hueco limpio en la camiseta. También aprendíamos a ser responsables de la limpieza de las tiendas y de los platos, y sobre todo de nuestras cosas, pues al dormir en tiendas nuestras cosas parecían esconderse o mezclarse entre la de los compañeros. ¡Imagina la cara de sorpresa al ver a tu amigo al día siguiente con un calcetín tuyo en un pie y otro suyo en el otro! Era inevitable entre tantos juegos y talleres que se nos olvidase la toalla de ducha en el baño o la de la piscina se perdiese durante un par de días. Pero no pasaba nada, así aprendíamos  a hacernos responsables de nuestras cosas.

Lo mejor llegaba la noche previa a la vuelta a casa. La caja de “Objetos Perdidos estaba llena a rebosar de toallas, camisetas, gorras e incluso neceseres (¡¿cómo había aguantado un niño sin su neceser medio campamento?!). Los más pequeños ni reconocían sus cosas.

Los monitores intentaban hacer la entrega de objetos perdidos un poco más divertida y nos realizaban pequeñas pruebas para pasar un buen rato. Cristina tenía que hacer un baile y enseñárselo a su equipo, Lucía tuvo que cantar una canción sin enseñar los dientes, y yo tuve que memorizar las fechas de cumpleaños de todos mis compañeros de tienda de campaña.

Por fin recuperamos nuestras cosas, bueno, gran parte de ellas. Sin duda los niños que tenían su nombre bordado en su toalla de ducha o en su gorra no tuvieron ese problema, y además eran fácilmente reconocibles en la caja de “Objetos Perdidos”.

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