Todos recordamos con cariño nuestra primera bufanda o jersey que nos regaló nuestra abuela por navidades, tejido con tiempo y dedicación. O aquellos cuadros realizados totalmente a base de la técnica del punto de cruz personalizados por nuestra tía con nuestro nombre o nuestra fecha de nacimiento.

Y es que hasta donde alcanza nuestra memoria, hemos conocido a personas cercanas con gran valía en el mundo de los bordados, alcanzando detalles que bien se acercan a una obra de arte. Yo misma me he propuesto muchas veces aprenderlo como hobbie y poder enseñar con orgullo a mis visitas en casa. Pero, ¿de dónde nace esta técnica?

Prácticamente todas las civilizaciones de la historia han cultivado en mayor o menor medida el bordado en su indumentaria o para decorar templos y estandartes. En Asia los bordados en oro y seda se remontan a decenas de siglos atrás, incluso se convirtieron en moneda de cambio y símbolo de poder económico y social.

Los romanos llamaban a la ornamentación de los bordados plumarium opus, pues este arte les recordaba a las plumas de las aves (opus phrygium), cuyo origen se cree que era el comercio con la antigua región asiática de Frigia. Para el pueblo romano, se consideraba que el bordado seguía un procedimiento similar al de la pintura.

Los hilos más utilizados para sus bordados eran los de seda, lana y lino, en variedad de colores, así como oro y plata. En la Edad Media dominaban las gemas, perlas, abalorios y lentejuelas. Eran Asia, Egipto, Grecia y Roma donde más se han encontrado textiles de este arte, aunque proceden de Mesopotamia los bordados más famosos de la Edad Antigua.

Los motivos ornamentales solían ser de animales luchando, rosetas, pájaros y animales fantásticos, que destacaban en los bordados ceremoniales de la Edad Media, momento en el cual se transmitió la técnica a Occidente.

Pero es realmente en el siglo XV cuando aparecen las figuras humanas bordadas, acompañadas de degradados y sombras, que imitan realmente lienzos pintados. Y es en esta época cuando de desarrolla el bordado de oro matizado, con fibras de oro grueso.

En la Edad Moderna destacan los bordados recargados y con relieves de estilo barroco que podemos ver en muchos tapices en museos o palacios reales así como en vestidos de la alta sociedad de la época (especialmente francesa del siglo XVIII).

Y finalmente la mecanización de la costura aparece en el siglo XIX, cuando decae el bordado a mano, aunque éste se encuentra todavía presente en muchas técnicas tradicionales como los trajes de las vírgenes y santos de las cofradías en las Semanas Santas de nuestros días.